domingo, 9 de marzo de 2014

Perfume de sábado.

Hace algo así como tres años atrás sentí que me enamoraba por primera vez. ¿Que iba a saber yo del amor teniendo 16 años recién cumplidos? Nunca había estado de novia, nunca había besado a un chico y me dedicaba a idealizarlos a todos, incluso al amor mismo.
Cualquier abrazo, saludo o sonrisa bastaba para confundirme. No importaba mucho de que chico proviniera, si era conocido, extraño, lindo o feo ¿que más daba? si yo sentía que le importaba a alguien entonces debería valer la pena conocerlo ¿No? .... ¡Claro que no! A ver, no estoy negando que quisiera conocerlo, sólo digo que lo hacía por las razones equivocadas y, aún peor, con las intenciones equivocadas. Digamos que veía en cada uno de estos chicos a un potencial novio, a una potencial pareja.
Si, algo andaba mal conmigo en aquella época, y aunque no cambié del todo, ahora tengo más filtros. Todo amor se terminaba cuando me enteraba que este chico tenía novia o era muy infantil... básicamente terminaba cuando se rompía la ilusión, la idealización. Pero con Francisco no pasó lo mismo. Tres años atrás me empezó a gustar, no me importó que fuera el ex novio de una amiga, no me preocupó que tuviera novia o que saliera todos los fines de semana a emborracharse con los amigos ¿Cómo me iba a preocupar si el hecho de que rompiera con todas mi idealizaciones lo único que conseguía era hacerlo más lindo a mis ojos, mas humano, más real, más tangible...?
Cada sábado que sabría que lo vería usaba el mismo perfume, porque eso era lo que siempre notaba en él, su perfume dulce y masculino... su perfume de sábado ( para mí). Un día dejé de usarlo. Ya no lo veía tan seguido, ya no hablábamos como habíamos hablado una vez hacía tiempo, ya había perdido mis esperanzas. Durante el año siguiente lo volví a ver, pero no volví a usar mi perfume de sábado, no quería sentir que mi interior se doblegaba ante la idea de volver a soñar con él. No quería sentirme débil ante los ojos que jamás me dedicaban una mirada especial pero que se robaban mis sentidos por completo. No. Usar ese perfume esperando verlo, no sería más que un signo de debilidad para conmigo misma. No daría el brazo a torcer.
Terminó ese año también. Llegó el tercero, el actual. Me estaba alistando para irme cuando ví el perfume en mi armario y creyendo que todo había quedado superado me lo puse. Olía dulce pero en mi corazón sentía un dejo de amargura. Ya no me importaba sentirme débil, me importaba que él no estuviera conmigo, me importaba no haber podido superarlo y entonces íntimamente me cuestioné ¿Realmente habré intentando superarlo?
Pasé ese día y la tarde sin volver a pensar en él. Nada me pudo preparar para contener el llanto cuando lo ví. ¿Por qué siempre me hace eso? ¿Por qué no puedo evitar llorar cuando se me acerca? Esta vez fui consiente. No intenté reprimir el llanto en misa. Quería que me viera, quería que se levantara de entre la multitud y me viniera a abrazar. Quería que me pregunte que me pasa y que me lleve lejos, que me lleve junto a él. Pero con cada lágrima que derramaba lo alejaba más. ¿Que hombre se acercaría a una mujer tan inestable como yo?. Apoyé mi cabeza en el hombro de mi hermano, y el apoyó su cabeza sobre la mía. La misa terminó. Repartí abrazos y los busqué. También lo busqué a él. Estaba firme como soldado inglés en su banco y espero no haberlo apartado de una oración profunda cuando me acerqué y le dije... Hola, ¡Tanto tiempo! Él sonrió. Yo también. Sonreía más por inercia que por empatía. Sonreía porque había logrado hablarle, y el me hablaba y yo era feliz. Sonreía porque aunque hubiera intentado ocultar mi sonrisa no hubiera podido. Estaba hechizada bajo la magia de nuestros perfumes de sábado.

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